¿Cuándo es suficiente?

Vivimos una era de cambios, y los cambios nunca vienen solos.

En particular, el cambio en nuestra forma de trabajar viene acompañado de multitud de dudas, preguntas, debates y una necesidad de aprendizaje constante.

El teletrabajo ha entrado en nuestras vidas, sí, pero aún no se ha puesto cómodo. Sigue ahí, de pie en la puerta, sin quitarse el abrigo siquiera, esperando a que nos decidamos a invitarlo a quedarse.

Yo creo que es el futuro, aunque nos dé algo de miedo reconocerlo; que este cambio se veía venir, solo que ha terminado llegando más pronto que tarde. Pero eso no significa que no me haga preguntas.

Si contamos con las herramientas necesarias, el teletrabajo nos da flexibilidad, nos permite evitar distracciones e interrupciones, concentrarnos mejor y ser más eficientes.

E incluso podría llevarnos un paso más allá.

Podría sentar las bases que necesitamos para evolucionar hacia el trabajo asíncrono, más adaptado a cada persona. O permitirnos empezar a medir el rendimiento por los resultados que conseguimos y no solo por las horas que dedicamos.

Suena genial, la verdad. Pero, ¿qué resultados son esos?

Si dejamos atrás el rollo de medir la productividad por las horas que pasamos cada día calentando una silla, ¿qué ponemos en su lugar?

Para quienes tienen cargos de autoridad, hacerse esas preguntas implica enfrentar realidades incómodas.

Como que llevamos años perdidos en un lodazal de burocracia y complejidad, arrastrando por inercia prácticas profesionales obsoletas, dedicados a mantener los egos asociados a estructuras jerárquicas que ahora se demuestran innecesarias.

O que innovar no significa progresar si dirigimos los esfuerzos hacia donde no toca, fomentando la colaboración sin ton ni son y la hiperconectividad en lugar de darnos tiempo para pensar.

Nos hemos olvidado de preguntarnos por qué, qué estábamos intentando conseguir en primer lugar. Y no lo justifico, pero no me sorprende que muchas empresas prefieran volver a exigir la presencialidad que sufrir esta crisis existencial.

Eso nos deja a las personas de a pie, sobre todo a las que seguimos teletrabajando, con la duda: si no estoy en un sitio donde quien me paga tenga pruebas visibles de que he dedicado el tiempo que me toca, ¿cuándo puedo parar de trabajar?

Y tampoco nos resulta fácil encontrar una respuesta.

Son muchos los factores que influyen, como la falta de preparación para enfrentar los retos del teletrabajo, la culpa virtual o esa sensación de que nos están haciendo un favor por dejarnos trabajar desde casa. Así que terminamos alargando las jornadas para compensar.

Y es frustrante, porque, cuando el cerebro es el responsable, trabajar más horas no se traduce en más productividad, sino en más cansancio, peores resultados y cada vez más dificultad para concentrarnos y rendir. Y el trabajo nunca se acaba. Entramos en un bucle del que es muy difícil salir.

Entonces, ¿cómo podemos saber cuándo hemos hecho suficiente?

Es muy difícil verlo, sobre todo si nos dejamos llevar por las distracciones, si priorizamos las decisiones de los demás, si trabajamos hasta el agotamiento y, aun así, las cosas que no llegamos a hacer nos dejan con sensación de insatisfacción y arrepentimiento.

Pero si aprendemos a procesar la información de forma eficiente, a gestionar las interrupciones, a mantener el control sobre nuestros compromisos y, sobre todo, a escuchar lo que tenemos que decirnos, la respuesta es más sencilla de lo que parece.

Si has trabajado, has tomado decisiones conscientes sobre lo que hacer en cada momento, y ahora sientes el cansancio y ya notas que no rindes igual, es que por hoy has hecho suficiente.

Y punto.

Si quedan cosas por hacer después de eso, pues habrá que renegociarlas. Porque, aunque podamos tirar de echar horas de más de forma puntual, lo cierto es que todos los excesos de hoy se acaban pagando mañana, y eso no es sostenible.

Da miedo, lo sé.

Pero a poner límites también se aprende.

Por eso es tan importante saber organizarnos. Para conseguir perspectiva, más seguridad en nuestras capacidades y confianza en nuestros resultados. Porque es esa confianza la que nos permite desarrollar claridad de ideas, tener voz propia para hablar de nuestras preocupaciones, para valorarnos y hacer que los demás también nos valoren.

Hasta que podamos decidir cuándo es suficiente.

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